Desde hace más de un año voy a terapia una vez a la semana. Los miércoles a las 6 de la tarde. Solía llamarlo con mis compañeros de trabajo “burro de los loquitos” y la decisión de volver a la terapia luego de mucho tiempo fue un ataque repentino de llanto que no me dejó salir de mi casa en dos días, donde lloré y lloré sin parar, como si nunca en mi vida hubiera llorado. Como si mis lagrimales hubieran estado obstruidos durante años y ese día por arte de magia se habían destapado.
Ese día, hace un poco más de un año, pensé me había vuelto loca. Siempre he sido una persona controlada, yo decidía donde y porque llorar, con cual intensidad y porque motivos. Pero ese día no sólo lloré, sino que también grite, me puse histérica y por obra y gracia del espíritu santo no había forma de que me callara. El llanto duró dos días, en los que yo no podía hablar sin comenzar a llorar, parecía un pollito, arropada en mi cama, sólo lloraba y dormía. Mi esposo intentó sacarme de la casa, pensó que yo, que toda mi vida había sido la mejor portada de todas, en la calle no iba a llorar. Pero se equivocó, seguí llorando en el carro, en el centro comercial, de ida y de regreso, sin poder parar, lloraba y lloraba, no podía hablarle, sólo lloraba. Para mi definitivamente me había vuelto loca, estaba insana y eso debía solucionarse.
Mi esposo llamó a una psicóloga conocida y le contó que yo no paraba de llorar. Yo dentro de mi llanto me imaginaba que Miguel estaba llamando al manicomio y que dentro de poco llegaría el camión de los locos a llevarme. Su amiga le dijo que me diera unas valerianas y que me dejara llorar, que por alguna razón lo estaba haciendo. Que nos veíamos el martes.
Desde ese día trato de ir sin falta todos los miércoles. Descubrí que no estaba loca, sólo que tenía la propensión a aislar los sentimientos y las situaciones que no podía manejar. Descubrí que era muy estructurada y que a veces rallaba en lo obsesiva, que vivía en un castillo perfecto construido por mí misma y que de allí no me gustaba salir. Descubrí que para sobrevivir a muchas situaciones en mi vida había construido un mundo paralelo y en el vivía feliz. El llanto reveló todas esas cosas
Desde ese día cada miércoles hago incursiones dentro de mí, descubro cosas, que para bien o para mal están ahí y descubrirlas me ayudan a manejarlas, aunque sea para vivir luego con ellas. Pero quizás una de las cosas más importantes de los miércoles fue descubrir que a veces no puedo con las cosas, descubrirlo, pero sobre todo decirlo en voz alta y aprender a reconocerlo desde lo más profundo de mi estómago. Saber que no soy súper poderosa y que eso no es malo. Cada miércoles trato de ser menos perfecta, trato de bajarme de mi castillo, salgo pasito a pasito del mundo paralelo perfecto, cada miércoles aprendo a decir no puedo, a pedir ayuda, a llorar cada vez que sea necesario y con la intensidad que mis lágrimas decidan. Aprendo a hacer menos esquemas y a hacer las cosas más porque las siento. Hoy es miércoles y estoy feliz por eso.
Desconfío en mí para confiar en mí
Hace 2 días
